¿Prohibir, regular o acompañar? He ahí el dilema con el acceso a las redes sociales

Actualizado: 31 jul

Días atrás fue noticia la aprobación por parte del Parlamento francés de una ley que prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 15 años. Fue el mismísimo presidente Macron quien impulsó esta medida, buscando proteger la salud mental de las niñas, niños y adolescentes al limitar el acceso a algoritmos adictivos. Esta decisión se suma a la restricción que asumió Australia el año pasado, cuando se prohibió el acceso de menores de 16 años a dichas plataformas digitales.
Ante estas restricciones al otro lado del mundo, me pregunté: y de este lado del planeta, ¿cómo vamos?
Investigando un poco, me enteré de que, si bien en Sudamérica ningún país ha aplicado un veto total, hay avances importantes. Brasil, por ejemplo, cuenta con una legislación de protección digital infantil donde los menores de 16 años no pueden tener un acceso independiente a redes sociales; la ley obliga a las plataformas a validar la identidad de los padres, madres o tutores antes de abrir cualquier cuenta. Colombia sigue una ruta similar a la de Francia y Australia, debatiendo un proyecto de prohibición total para plataformas como TikTok e Instagram, entre otras.
En Bolivia no nos quedamos atrás. Aunque no existe una ley que prohíba el acceso por edad, el enfoque de protección se ha estructurado desde la seguridad penal. La Ley 1636 (de protección de la integridad sexual de niñas, niños y adolescentes en entornos digitales) es el instrumento legal enfocado en combatir los delitos sexuales en línea. Tampoco podemos olvidar las medidas que restringen el uso de celulares en el espacio escolar.
Sin duda, este es un tema tan polémico como necesario para el debate. Personalmente, creo que no podemos negar la presencia de la tecnología en nuestras vidas: la tecnología en sí misma no es mala; el desafío está en el uso que le damos. Si bien es bueno normar y regular, la prohibición muchas veces termina encontrando puntos ciegos para vulnerar la norma.
Parece que en Sudamérica uno de los grandes obstáculos para aplicar leyes como las de Francia o Australia es la falta de sistemas de identidad digital masivos y estandarizados que permitan verificar la edad real de los usuarios. Pero incluso donde ya se aplica, como decía mi abuela, hecha la ley, hecha la trampa: adolescentes australianos han usado redes VPN (conexiones cifradas) para simular estar en otros países, han falsificado identificaciones o han alterado sus rasgos ante las cámaras de estimación de edad.
No obstante, y a pesar de estas “trampas”, hay un dato no menor: parecería que los verdaderos beneficiados con estas restricciones podrían ser las generaciones más pequeñas, esas que aún no han recibido su primer teléfono. Hoy, muchas madres y padres sienten que estas leyes les dan un respaldo sólido y un argumento claro para retrasar la entrega del primer dispositivo.
Si algo tenemos en común con la tecnología, es que todos fuimos «analfabetos digitales» en algún momento. Se dice que los adultos somos migrantes digitales y las infancias son nativas digitales; lo cierto es que, en la práctica, hemos ido aprendiendo juntos a navegar un entorno que nos atrae a todos.
Entonces, volvamos a la pregunta de este post: ¿prohibir, regular o acompañar?
Para reflexionar sobre esto me gusta citar a ChicosNet, una ONG argentina referente en derechos de la infancia y tecnología, que mantiene una postura firme contra las prohibiciones absolutas. Les comparto sus argumentos:
La prohibición no elimina el uso, lo empuja a la clandestinidad: Al buscar atajos para ingresar, las y los chicos navegan en plataformas menos reguladas. Peor aún, si sufren un riesgo o cometen un error, evitarán pedir ayuda a sus padres por miedo a ser sancionados.
Educación y ciudadanía digital por encima de la exclusión: Exigen regular a las empresas tecnológicas (TikTok, Instagram, Snapchat, etc.), obligándolas a asumir responsabilidad legal y financiera, un camino que Francia también ha empezado a exigir a las plataformas.
El rol insustituible de la adultez: Los adultos debemos acompañar en lugar de vigilar (aunque algunos no hacen ni lo uno ni lo otro). Ninguna ley ni software de control parental puede reemplazar la presencia y el vínculo familiar.
Un puente entre el mundo físico y el digital
Prohibir puede parecer la solución más rápida, pero quizá es la más simplista. Siento que el enfoque de protección debe ser integral: debe considerar los instrumentos legales que regulen el contenido que ofrecen las empresas digitales, las legislaciones de cada país que ayudan a normar su uso, y el rol fundamental de la familia y los educadores, quienes son agentes clave en el acompañamiento y construcción de esa ciudadanía digital tan necesaria.
Regular y normar puede ayudar a crear entornos digitales más seguros y controlados; sin embargo, acompañar y educar es la forma más sostenible de transitar por este mundo digital que vino para quedarse. No podemos pausar el mundo digital ni aislar a nuestros hijos de él; lo que sí podemos hacer es enseñarles a navegarlo con criterio, seguridad y responsabilidad.
Como adultos, el reto no es convertirnos en expertos tecnológicos de la noche a la mañana, sino desarrollar las competencias emocionales y digitales necesarias para estar presentes. La ciudadanía y las habilidades digitales no se construyen desde el veto, sino desde la conversación en la mesa, los límites claros, la empatía y el acompañamiento constante.
Al final, la tecnología no necesita más barreras infranqueables, sino más adultos sensibles y disponibles para guiar el camino.
Y tú, en casa o en tu entorno, ¿qué postura tomas frente a este dilema? Yo me quedo con las palabras normar y acompañar.
Abramos el debate.

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